Mi padre, mi monstruo

“El monstruo ponía a macerar aceitunas en un recipiente, sumergidas en un líquido maloliente, en la misma cocina guardaba un balde con gasolina, y yo sólo pensaba en escapar, así que agregué el combustible al alimento y no sentí culpa. Algo en mi interior me decía que era justicia. El intento falló”.

Esta es la historia de Ricardo un hombre que hoy tiene más de 40 años y que antes de llegar a la adolescencia intentó matar a su padre. Él contactó conmigo porque le conmovió uno de los testimonios que he escrito sobre niñas abusadas sexualmente. Ricardo quería compartir su historia para que alguien escuche y proteja a los niños maltratados como él.

“Mi padre enfermó de tuberculosis y para evitar el contagio me envió a mi y a mis hermanos a vivir a casa de mi abuela. Hasta los 8 años viví con ella, un ser angelical, todas mis memorias felices provienen de esa época. Cuando mi padre mejoró volvimos a vivir con él y a partir de ese momento, mi vida fue un martirio”, dice Ricardo.

Lo primero que Ricardo recuerda de su padre son las ausencias prolongadas, la distancia, la incomunicación, eso era natural entre ellos, asegura. “Cuando volví a vivir con él, lo veía al retornar de la fábrica después de las nueve de la noche.  Por el día, después del almuerzo desaparecía, no sé adónde. Mi madre no intentó nunca ocupar el vacío que él dejaba, ella nunca tuvo un padre, no sabía cómo hacerlo”.

En ese entorno de falta de cuidados y de quasi indiferencia, Ricardo sólo ansiaba las visitas a casa de su abuela. “Cuando iba a verla -que no era tanto como yo quería- el sol brillaba, todo era más bonito y yo me sentía cuidado, querido. Sentía que le importaba a alguien y me compadecía de mí mismo por no poder seguir viviendo con ella. Mi abuela era mi ángel. A su lado era feliz”.

Pero entre los diez y once años algo cambió. El padre de Ricardo comenzó a tomarlo en cuenta, pero eso no fue bueno para él.

“El hombre invisible comenzó a revisar mis tareas, al ver las bajas notas me tomaba las tablas de multiplicar y cuando me equivocaba de respuesta aparecía el instrumento de poder: la correa. Ese objeto comenzó a aparecer recurrentemente en nuestros encuentros”.

Pronto comenzaron a surgir otras causas para el castigo físico, dice Ricardo. “No tomar la leche del desayuno, no haber hecho las compras que me había ordenado demorar en hacer los deberes escolares, no barrer la casa. Y a los correazos le sucedieron las pateaduras y los golpes con cualquier otro objeto que pudiese hacerme daño. Los palos de escoba eran sus favoritos”.

Pero los golpes no fueron el únicos maltratos recibidos por el niño. “Algunos días, especialmente los fines de semana,  tuve que permanecer en la calle hasta pasada la medianoche esperando que a mi padre se le pasará la borrachera. Algunas veces me pegaba por culpa del licor, otras lo hacía porque disfrutaba mostrando su poder patólogico sobre mí”.

El hombre o el monstruo -como Ricardo llama muchas veces a su padre- no sabía controlar la violencia cuando esta le invadía. “Una vez, escapando de una golpiza salí corriendo por la puerta de casa, atravesé la acera y un golpe seco en la cadera me lanzó tres metros por el pavimento. Un auto me había atropellado, desperté en el asiento trasero, dos jóvenes ‘de buena familia’ muy preocupados me llevaban al hospital, yo me sentía aligerado. Había escapado”.

Ricardo siempre se quedó con la duda de lo que podría haber ocurrido si hubiese hablado, si hubiese explicado su pesadilla a los desconocidos. “Tal vez si les hubiese contado la causa del accidente algo habría cambiado, pero callé por vergüenza y por miedo. El monstruo había conseguido tomar la matrícula del auto y había presentado una denuncia en la comisaría, me encontró al día siguiente en la clínica. Que me encontrará no me hizo sentir protegido”.

Después del grave incidente, Ricardo sólo imaginaba su liberación, fue en ese momento que ideó matar a su padre. Al día siguiente del intento, el padre lo encaró, según Ricardo, esa vez no hubo golpes. “No había una correa en la mano y juraría que había sorpresa en sus ojos. Le contesté que no sabía en qué pensaba cuando lo hice. El hombre me castigó, pero aquella vez no hubo golpes, sólo hubo silencio y distanciamiento. Algo se había quebrado, aún más, entre nosotros. No sufrí por ello”.

Ricardo comenzó a desear hacerse grande y poder irse de casa y así lo hizo en cuanto pudo. “Me independicé nada más cumplir diecisiete años, me fui a vivir a Arequipa, luego a Ica, sólo quería dejar Lima y poner distancia. Treinta años después el monstruo sufrió un ataque cardiovascular con daño cerebral. Poco antes había perdido vigor y su carácter se había suavizado, según me dijeron”.

El “hombre, el monstruo” sufrió un ataque estando sólo en su casa y se pasó 48 horas tirado en el piso del baño antes de que lo encontrasen. “Fuí a verlo al hospital, estaba en coma. Durante los días que pasó tirado en el piso las cucarachas habían hecho un trabajo persistente en rostro y cabeza, lo único que pude decirle fue: eres fuerte viejo, vas a salir adelante. No se si me escuchó, le dije eso para evitar decirle una mentira”.

El padre de Ricardo murió dos días después, Ricardo dice que no sintió nada, sólo recuerda que sus hermanos discutían por sus cenizas. “A veces creo que olvidé el miedo y el dolor. Creo que en algún lugar de su alma él no quería hacer daño a su hijos,  porque no sólo me maltrataba a mi, pero también sé que podía haberse dado cuenta que el odio le invadía y haber hecho algo para proteger a sus hijos del monstruo que albergaba”.

Lamentablemente la historia de Ricardo, como la de las niñas abusadas que he contado antes, no tienen un final feliz. “He sido muy duro con mi hijo algunas veces. Una vez, y solo una vez, cometí la monstruosidad que yo sufrí y prometí limpiarme de odios, ahora tengo buena comunicación con él, y cuando los recuerdos infelices vuelven lucho y pongo la mente en blanco, una enorme nube blanca de olvido. Ese es mi método para no convertirme en un monstruo”.

Según un estudio titulado “Consecuencias en padecimientos de violencia-maltrato. Síndrome de Munchhausen por Poder (SM-HPP). Pautas para Prevención y Tratamiento”, los sujetos que han sido víctimas de maltrato, abuso sexual o violación, muchas veces asumen el papel del agresor porque son incapaces de realizar una valoración crítica de lo ocurrido y entonces, ante determinadas situaciones, invierten los papeles y el agredido se convierte en agresor. “Así los hijos de padres pegadores pueden convertirse a su vez en maltratadores”.

Según las estadísticas del MIMP, entre enero y abril del 2018, atendieron más de 40.OOO casos de violencia familiar y sexual.De ellos, 12.405 afectaban a menores de entre 0 y 17 años de edad. La información del MIMP también revela que de las más de 40.000 ocurrencias, el 50% corresponde a violencia psicológica y el 39% a violencia física. La violencia sexual se cuenta en menos del 10%.

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