Tras varios intentos de feminicidio, denuncia y la policía no le hace caso

Le dijo que la mataría, la intentó ahorcar más de una vez, la estampaba contra el piso; y cuando denuncia le dicen que su caso no es grave porque no tiene hijos. En pleno siglo XXI las mujeres seguimos valiendo por la producción de nuestro útero. 

“Una vez le intentó pegar y yo, de 7 años, me puse enfrente. Me pegó a mí tan fuerte que terminé estampada contra la pared”. Ella se juró que cuando fuese grande no aceptaría que ningún hombre la maltratase, como su padre había hecho tantas veces con su madre. Sin embargo, no pudo cumplir la promesa. Durante 3 años estuvo presa en una relación de abusos y maltratos.

“Nadie te va a querer —me decía, y yo le creía”. María, así la llamaré, siente que sólo perdió el tiempo permaneciendo al lado de quien la humillaba y golpeaba. Haber aguantado tanto la hace sentirse culpable. “No entiendo como habiendo crecido en un hogar donde mi padre maltrataba a mi madre no supe ver las señales y alejarme. No entiendo cómo dejé que mi expareja me hiciera todo lo que me hizo”.

Sin embargo, la culpa de haber sido una mujer maltratada no es de ella, es del maltratador. No es ella la que permitió ser golpeada, no es ella la que dio motivos para ser insultada. La culpa siempre es del agresor.

Relación tortuosa

“Dormíamos en cuartos separados porque él así lo quería. Yo le pedía dormir juntos pero él se negaba. Me decía que se la pasaba toda la noche bebiendo alcohol y viendo películas y luego dormía casi toda la mañana. Su horario de trabajo se lo permitía, era profesor universitario y enseñaba algunas tardes”. Así describe María al hombre con el que tuvo una tortuosa relación.

Ella conoció a su expareja por un amigo común, poco tiempo después se fueron a vivir juntos. María dice que en ese momento sabía que él fumaba marihuana regularmente, “pero, ahora, creo que me mantuvo engañada y que en verdad consumía substancias más fuertes porque siempre lo veía exaltado, agitado y no dormía”.

Al inicio de la relación ella tuvo serios problemas médicos, intentó un método para evitar quedar embarazada y eso afectó su salud. “Cuando comenzamos me puse un implante anticonceptivo que me produjo sangrados por mucho tiempo y eso me generó una infección terrible. Me quité el implante, pero estuve 2 meses hospitalizada”. 

María dice que a pesar de las causas de su estado y de vivir cerca al hospital su pareja no la visitaba muy contento. “Vivíamos frente al hospital, pero él venía a visitarme todo fastidiado y siempre por muy poco tiempo; le molestaba incluso tener que traerme ropa o tener que cuidar a mis mascotas”.

La infección fue curada, pero a ella le quedó de ‘regalo’ una afección llamada “dolor crónico pélvico” lo cual le generaba y le genera terribles episodios de dolor, que se pueden prolongar durante meses. ” Todo esto pasó los primeros meses de nuestra relación y él comenzó a decirme que por mi estado ya nadie me querría”.

María dice que esto la deprimió mucho y eso la hizo ser presa fácil de la manipulación del ‘profesor’. “Mi autoestima estaba por el piso, él la había debilitado y eso hizo que me quedase a su lado tanto tiempo, porque le creí cuando me decía que nadie más me  querría como él y que nadie me aceptaría con mi dolencia”.

USB revelador

En una de las visitas ‘forzadas’ al hospital, ‘el profesor’ le dejó a María un USB con películas pero en el dispositivo había más. “En el USB encontré fotos de sus ex novias desnudas, me molesté, pero no le dije nada. Cuando salí del hospital comenzó a ponerse violento, cuando le pedía que me traiga una pastilla me decía que no era mi empleado”.

Y así, entre maltratos y discusiones un día María no pudo más. “Le dije que no estaba bien que tenga fotos de sus ex desnudas y que encima me las dé, me contestó que yo era “una celosa de mierda”; pero él sólo se comportaba así en privado, cuando había más gente era muy cariñoso y amoroso”.

“Mis problemas de salud continuaron, el dolor pélvico crónico, me hacía sentir muy mal, física y emocionalmente y él siguió aprovechándose de eso para seguir humillandome cada día más y más”.

Maltrato físico

María dice que el maltrato físico comenzó cuando él le pidió que le escondiera “su hierba” porque quería dejar de fumar durante la semana. “Pero cuando la quería me destrozaba el cuarto buscándola, me tiraba de la cama para que le dé el estuche donde la guardaba, me tiraba contra el piso, me golpeaba la cabeza y me insultaba”.

“Incluso los vecinos gritaban que me suelte cuando lo escuchaban gritar y a mi pedir auxilio”. Los vecinos gritaban pero nunca nadie llamó a la policía —dice María. Lamentablemente nadie se quiso comer el pleito, al parecer les molestaba el ruido, pero no que una mujer estuviese siendo maltratada. ¿Algo habrá hecho, no?

María también recibía golpe porque según su expareja era demasiado celosa. “Varias veces intentó ahorcarme y luego me pedía perdón, me decía que yo lo provocaba por ser tan celosa, porque le reclamaba que se amaneciera hablando con sus exnovias y con otras chicas o creándose cuentas falsas en Facebook”.

Luego María confirmó sus sospechas, él mantenía otras relaciones, “pero me hacía sentir  que yo estaba loca, decía que mis celos tenían la culpa de todo”. Ella se evadió de la situación como pudo. “Me volqué en los estudios, el trabajo, en mis animales; traté de bloquearlo de mi mente pero los insultos y las agresiones físicas seguían”.

María dice que su baja autoestima le impedía acabar con la relación. “Sentía que no tenía escapatoria, sólo le conté a mi madre, ella vivía fuera de Perú, se había vuelto cristiana y me llenó de malos consejos. Me dijo que como ya vivía con él, era como si estuviésemos casados, así que debía perdonarlo y seguir a su lado”.

La madre de María había ‘”perdonado” cuando era maltratada por su marido. Muchas mujeres debido a convicciones religiosas, a la desinformación y a la falta de una educación que propugne la igualdad acaban normalizando el maltrato.

Pero María no podía más, ya no podía ni estudiar tranquila, él la gritaba, la insultaba y hasta llegó a romper la puerta de su habitación. Entonces algo cambió.  “Durante los estudios de la maestría comencé a llevar cursos de feminismo y eso me daba fuerzas para defenderme, aunque todavía no tenía la entereza suficiente para salir de la relación, sin embargo, empecé a responder sus ataques y eso lo sorprendió”.

María se fue empoderando y aprendió a defenderse. “Una vez mientras me ahorcaba le arañé la cara, me dijo que por mi culpa perdería el trabajo, que por mi culpa no iba a poder dictar clases, que por mi culpa la gente iba a hablar. Como siempre yo era la víctima, pero todo era mi culpa. Me hacía la vida imposible”.

No contento con intentar ahorcarla en diferentes oportunidades, un día que ella intentó defenderse también le torció el brazo. “Yo ya le tenía mucho miedo, tanto que comencé a vivir sin salir de mi habitación, le pedí que se vaya pero me dijo que no lo haría hasta que le pagase lo que le debía, en ese momento no podía hacerlo, así que me tocó seguir aguantando”.

María encontró un nuevo trabajo y con la liquidación del anterior comenzó a ir a terapia y se siguió armando de valor. “A los pocos meses la situación se volvió insoportable y tuve las agallas de ir a la comisaría a contar mi historia, pero todo fue muy difícil, el policía tomaba nota mientras veía un partido de fútbol y poco le importaba lo que yo tenía que decir”.

El efectivo que la atendió sólo intentó desanimarla de continuar el trámite. “A pesar que le dije que había amenazado con matarme contestó que como no teníamos hijos no contaba como un caso de agresión grave. Además, como él no tenía un arma de fuego no se trataba de un caso urgente. Yo le dije que después de intentar ahorcarme varias veces podría haberme matado con sus propias manos”.

Luego de la denuncia llegó el vía crucis. “Fui al médico legista, a la psicóloga y luego ya no seguí con el proceso, era demasiado difícil ir otra vez para que un grupo de policías te trate como que lo que pasaste no fue nada, como que no importas, incluso me dijeron que la denuncia no sería tomada en cuenta porque no había pruebas de las agresiones”. 

En la mayoría de los casos, la revictimización, al hacer que repitan una y otra vez lo ocurrido; la falta de profesionalismo de los efectivos policiales al momento de la recepción de las denuncias y el machismo, hace que muchas incidencias sean retiradas o abandonadas por las víctimas  que, además,  sólo quieren olvidar lo ocurrido y poder seguir con sus vidas.

Presentada la denuncia, María le contó al resto de su familia lo que vivía a diario y ellos fueron un gran apoyo. “Gracias a la ayuda de mi padre, mi hermano y un primo lo saqué de casa. Le pagué su plata y lo boté pues el alquiler de la casa estaba a mi nombre; y si antes no me había ido también fue por mis mascotas, porque no encontraba departamento donde me permitieran conservarlas”.

María no ha vuelto a ver al ‘profesor’, bloqueó a sus amigos y familia en sus redes sociales y sólo habla del tema cuando surge. “No oculto lo que me pasó, creo que contando mi historia talvez ayude a alguien que pasa por lo mismo, sin embargo, siempre es difícil recordar los malos ratos y los 3 años que perdí con alguien que sólo me humilló y maltrató. A veces pienso que si lo vuelvo a ver entraría en pánico”.

Antecedentes

María conoció el maltrato desde pequeña, su padre maltrataba a su madre frecuentemente, tanto, que ella se metía en medio de los golpes para defenderla. “Mi papá se iba a tomar con sus amigos y cuando volvía le pegaba a mi mamá”. La madre de María también era insultada. “Mi papá le decía a mi mamá y a nosotros que ella era satanás, que era una idiota, una mierda”.

Un día la madre de María no aguantó más y denunció. “Mi hermano y yo fuimos al médico legista y le dijimos todo al psicólogo, mi papá dijo que mi madre quería que perdiera su trabajo y que por su culpa no podría mantenernos” —afirma María.

María también dice que siempre defendió a su madre porque era la hija mayor, pero luego la violencia de su padre fue dirigida hacia su hermano.Con el tiempo, la madre de María encontró otra persona, “mi padre ya la había engañado antes, mi hermano y yo ya estábamos grandes, así que se divorciaron, luego mi padre dejó de ser violento y también nos dejó de insultar”.

Sanación

“La terapia me ayudo a mejorar mi autoestima, a convencerme de que valgo. También me ayudó a ver los patrones que estaba siguiendo de todo lo que viví de niña, porque yo me acuerdo todo lo que pasó en mi niñez. Ahora mi papá es mayor y cambió totalmente. Ya no es violento y en mi mente yo pensaba que ‘mi ex’ también iba a cambiar como mi papá” —dice María.

Culpa indebida

María se siente muy culpable con ella misma, le molesta no haber cumplido su compromiso de no relacionarse con un hombre violento, “incluso pensaba que mi mamá había sido tonta por aguantar a mi padre, y mírame, yo acabé casi como ella. Ahora miro atrás pienso que ella lo tenía mucho más complicado siendo madre de dos niños”.

María también siente que se traicionó al no cumplir la promesa de no aguantar como lo hizo su madre. “Me siento una completa idiota. No debí aceptar ni insultos, ni maltratos desde el inicio. Pero él acababa conmigo, me desarmaba cada vez que me decía “nadie mas te va a querer”Ya pasaron 2 años y aún siento cólera conmigo misma, por el tiempo perdido”, asegura María.

Este blog sobre feminicidio y violencia de género también ha sido publicado en teleoLeo.lamula.pe

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