Violada desde los 5 años por su padre, revictimizada por su madre, sobrevive con el dolor

“Los niños no mienten” reza el dicho, sin embargo, cuando revelan haber sido abusados sexualmente por uno de sus progenitores muchas veces no son creídos y eso maximiza el abuso, es el caso de Mally, una mujer mexicana que, ahora, con 30 años de edad, explica su historia a teleoLeo.com

“La última vez que intentó tocarme agarre un cuchillo y lo amenacé. Tenía 12 años. Le explique a una compañera de la escuela que mi padre abusaba de mí, ella se lo dijo a una maestra y me llevaron a la oficina de Desarrollo Integral de la Familia (DIF), allí hablé con una señora, me intimidó, me dijo que mentía, que dejase mi rebeldía y volviese a casa porque ese lugar era para niños que tenían problemas de verdad”.

Ella ahora es una mujer  adulta, viuda, madre de 3 hijos a los cuales cuidar y mantener, vive con sus suegros; con su padre la única relación que mantiene es porque él le paga los estudios. Ella aspira a ser autónoma y a mantenerse por sí misma. Su nombre es Mally, vive en algún lugar de México y desde pequeña su padre fue el mayor peligro a enfrentar. Su madre nunca le creyó, “vamos a dejárselo a dios”, le decía.

México goza del terrible mérito de ser el primer país en abuso sexual infantil. Según un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), cada año, más de 4,5 millones de niñas y niños son víctimas de estos delitos. Además el Informe Percepción del Abuso Sexual en México de la asociación no gubernamental “Guardianes”, afirma que el 80% de agresores son familiares directos de las víctimas”.

Infelicidad

“Esta es mi historia”, así comienza Mally a narrar su testimonio a teleoLeo.com. “No tuve una niñez feliz, entre los 5 y 6 años de edad mi padre comenzó a tocarme. Él era petrolero, casi nunca estaba en casa, pero tuvo un accidente, lo jubilaron y comenzó mi calvario. Un día estaba jugando, él salió de la ducha, mi madre estaba ocupada y me descuidó. Mi papá me llamó y fui a ver qué quería”.

Cuando Mally acudió al llamado de su padre, este la sentó en sus piernas y le metió la mano bajo la ropa. “Entonces mamá lo llamó y me soltó, no sin antes amenazarme. Me dijo que no le dijera nada y como nunca me habían dicho que nadie me podía tocar, era pequeña y él era mi padre, no supe que lo que me había hecho era malo y callé”.  Mally dice que sus recuerdos de aquella época no son claros, “sólo me vienen flashes”.

En medio de una violación sexual, el circuito cerebral del miedo toma las riendas, mientras que otras partes claves del cerebro dejan de funcionar parcialmente o del todo. Eso es lo que debe pasar y es lo que explica la naturaleza fragmentada e incompleta de los recuerdos de la mayoría de víctimas de violación. (Jim Hopper, psicólogo y docente Asociado en Psicología de la Escuela de Medicina de Harvard)

Abusos

Luego de la primera vez, hubo muchas más. “Mi padre me tocaba a diario, me introducía los dedos en la vagina, me besaba por todos lados, aprovechaba cuando mi madre se iba a clases de repostería y me seguía amenazando, decía que si le contaba no volvería a verla; luego comenzó a darme dinero para callar, un día pasó a la penetración, pero de manera superficial y ahora no sé si eso fue bueno” —confiesa Mally.

Por más que ella dice que las penetraciones eran superficiales, confiesa que le dolía, que le pedía parar. “Le prometía que me portaría bien, que no me hiciera más daño y él me decía que yo ya me portaba muy bien y me obligaba a hacerle sexo oral. Yo lo detestaba”. Todo esto pasó hasta que Mally cumplió 8 años, a esa edad su madre le comenzó a hablar de sexo y a decirle que nadie podía tocarla.

“Entonces, cuando mi madre me explicó que nadie me podía tocar me sentí peor por todo lo que él me hacía y por no poder huir; era una niña tenía miedo y él era mi padre y lo que hacía me lo hacía en mi casa, a dónde iba a ir, con quiénes, qué personas me cuidarían mejor de lo que supuestamente debían hacer mis padre, ni siquiera podía pedir ayuda porque me moría de vergüenza y creía en sus amenazas” —dice Mally.

Según Mally, desde que su madre le dijo que nadie la debía tocar comenzó a intentar escapar de su padre. “Cada vez que me daba cuenta que él quería hacerme algo lo persuadía, hasta que al final entendió, o no sé qué pasó, pero paró cuando tuve 8 años. Ella confiesa que por ese tiempo no se atrevió a decirle nada a su madre. “Guardé silencio,  trate de olvidar, pero comencé a comportarme muy mal”.

Silencio

Durante mucho tiempo Mally, la niña abusada, fue incapaz de decir lo que le había ocurrido y a su corta edad era incapaz de manejar esa carga, así que se convirtió en una adolescente conflictiva que escapaba de casa. “Mi madre pensaba lo peor de mí, pero yo no podía estar bajo el mismo techo que mi violador; lo peor es que mis padres eran creyentes y no soportaba verlos yendo a misa y a él hablando de dios; era aberrante”.

Según Mally, sus padres eran vistos como el matrimonio perfecto, “gente de iglesia”, de ella todos decían que era “la oveja negra”; pero nunca, nadie intentó saber por qué era así. “Yo me portaba mal porque quería que él pagará, era mi forma de decirle a mi padre que merecía mi mal comportamiento; no me daba cuenta que la perjudicada era yo porque cuando confesé los abusos de mi padre, mi madre no me creyó”.

Revelación

Tenía 14 años cuando Mally se atrevió a decirle a su madre que su padre había abusado de ella. “Se lo confesé a mi mamá, ella lloró, me hizo muchas preguntas, me dijo que cómo era posible, que nunca había vista nada raro, que cuando salía procuraba no dejarme sola y vi su cara de “no te creo” y de decepción total; lloraba conmigo y en ese momento me sentí aliviada creyendo que mi calvario acababa ahí”. 

Sin embargo, allí no acabó nada. Al día siguiente su madre habló con su padre delante de ella y él lo negó todo. “Dijo que yo estaba loca, que todo era por mi rebeldía. Así que mi madre me llevó al médico para que me revisará. Yo fui a la revisión confiando en que la verdad saldría a la luz, pero no, según las pruebas yo seguía siendo virgen. En ese tiempo ni mi madre, ni yo sabíamos de la existencia del himen elástico”.

Rebeldía

Ante los resultados del examen, la situación de Mally empeoró, ya no sólo convivía con su agresor, además lidiaba con la desconfianza de su madre, quien creyó lo dicho por su padre, que la denuncia era producto de su rebeldía. “Yo me escapaba de mi casa con mayor frecuencia porque las discusiones intentando desenmascarar a mi padre eran interminables y lamentablemente nunca lo logré que mi madre me creyese”. 

Mally confiesa que insultaba a sus padres, les robaba dinero, se iba de casa, no estudiaba. “Les gritaba que eran un asco, que se murieran, que tanta religión no les servía de nada. Recuerdo una vez, iban a ver a mi hermano a Puebla, les dije que ojalá el autobús se volteará para no verlos más”. Mally incluso probó dejar de existir. “Intenté suicidarme 2 veces, mi madre sólo me dijo que dejase de ser manipuladora”.

Huida

Al cumplir 18 años Mally se fue de su casa con un chico que conoció, no quería seguir viviendo con sus padres. A los 4 meses de convivencia quedó embarazada, se casaron, pero en menos de un año se separaron. “Las cosas no funcionaron, no había amor, ni dinero y obvio, todo salió mal porque esa unión sólo era una vía de escape, huí de mi realidad para estrellarme con otra” —confiesa la mujer.

Luego del fracaso de esta relación, Mally regresó con sus padres, el papá de su hija encontró otra pareja y se hizo cargo de su manutención de manera intermitente. “Mis papas se hicieron cargo de mi y de mi hija entre a estudiar para poder sacarla adelante a mi hija, pero siempre alerta para que mi padre no tocase ni un pelo. Jamás volvimos a hablar de los abusos que sufrí, ese tema fue enterrado por siempre”.

Pérdida

Cuando la hija de Mally cumplió 3 años la vida le sonrió. “Conocí a un buen hombre, él acepto a mi hija y me acepto a mí con todo mi pasado. Nos fuimos a vivir juntos a otro lugar, él ha sido la única relación estable que he tenido, tuvimos a nuestro primer hijo y al año y medio tuvimos una niña. Hasta que otra vez la vida me hizo una mala jugada y luego de vivir 7 años juntos falleció y me quedé sola con 3 hijos”.

La madre de Mally falleció hace 3 años de cáncer. “Antes de morir me pidió perdón por no estar a mi lado cuando más la necesité, por no haberme creído cuando le dije que mi padre me había violado las veces que había querido. Ellos me dieron todo económicamente nunca pasé hambre, pagaron mi educación, me dieron todo lo que necesitaba, pero les falto darme los más importante: amor”.

Presente

Mally ahora tiene 30 años y dice que sus padres nunca asumieron el abuso que sufrió por guardar las apariencias y porque su hermano no se enterase, “creo que él no lo sabe y si lo supo nunca dijo nada”. Hace algunos años ella le increpó a su padre su comportamiento, “me gritó que estaba loca que lo superará de una vez”, y eso le duele más, qué él ni siquiera se arrepiente de lo que le hizo y que crea que es fácil olvidar que la violó.

Y Mally termina de explicarme su testimonio revelándome una sospecha. “Tal vez debí comenzar explicándole que soy hija adoptiva y creo que por eso mi madre no me defendió. Soy su hija legal desde que tuve 1 año. Nunca he tenido ninguna relación con mis padres biológicos solo sé que me pusieron el nombre de mi verdadera madre y que me dieron en adopción porque ella se drogaba”.

Sin embargo Mally, no, quienes adoptan escogen amar y cuidar a una criatura, tuviste la mala suerte y caíste en un mal hogar y eso no tiene que ver con que sean tus padres biológicos, o no. Las comisarias y juzgados están llenos de denuncias de padres ‘de sangre’ que han violado o abusado de sus hijos de todas las maneras posibles. El problema es cuando los adultos ven a los menores como si fuesen sus objetos de placer.

Cifras

Según el informe Ocultos a Plena Luz de Unicef, en todo el mundo, “alrededor de 120 millones de niñas menores de 20 años (1 de cada 10) han experimentado relaciones sexuales u otros actos sexuales forzados“. El informe también señala que entre las adolescentes de 15 a 19 años víctimas de violencia física y/o sexual, 7 de cada 10 nunca pidió ayuda y cuando lo hicieron “la mayoría la solicitó a sus familiares”.

En el caso de Mally, solicitar ayuda a su madre sólo la revictimizó. Para nadie es fácil explicar haber sido víctima de un abuso sexual, menos si el abusador es el propio padre, por eso es primordial educar a lxs niñxs sexual y afectivamente, enseñarles desde muy pequeñxs que su cuerpo se respeta y que nadie puede hacerles algo que no quieren, y si eso ocurre ellxs no tienen culpa y deben decirlo de inmediato; y los adultos a creer.

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Un comentario

  1. No pude soportar seguir leyendo este horror….apenas empezaba a contar de los tocamientos de su perverso padre, y ya no pude continuar la lectura…me dio mucha indignación….pienso que a estos hombres deberían matarlos, Leonor…..no hay nada que justifique semejante depravación y maldad. Gracias por tocar un tema tan actual, que a muchos hará reflexionar supongo. Además de ponernos sobre aviso para cuidar en mi caso, a mis nietas pequeñas….y a otras mujeres quizás para cuidar más a sus hijas e hijos….en edades vulnerables. Te invito cordialmente a visitar mi blog de poemas en verso y prosa….nada más tienes que hacerle click a mi nombre y te llevará directo hacia mis letras. Un saludo en la distancia.

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