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Violencia institucional: cuando la justicia se convierte en cómplice de la violencia vicaria [VÍDEO]

Violencia institucional: cuando la justicia se convierte en cómplice de la violencia vicaria [VÍDEO]

El intento de suicidio de una niña de 13 años, a quien un tribunal español ha arrancado del lado de su madre para entregarla a servicios sociales, es la prueba más desgarradora de que la violencia vicaria encuentra apoyo en un sistema de justicia conservador que favorece al pater familia. Esta es la historia de Yolanda, una madre que ha perdido a sus hijos a manos de las mismas instituciones que debían protegerla de su expareja a quien denunció por maltrato

Publicado: 2025-09-21 15:41:00

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Leonor Pérez-Durand/ Periodista
@teleoLeo

Conocida por poseer una de las la murallas medievales mejor conservadas, Ávila es la ciudad española donde la justicia parece haberse convertido en otra muralla impenetrable para Yolanda, madre de dos. Ella es otra de las mujeres que en España, tras denunciar violencia de género, sumó violencia vicaria y violencia institucional a su carga. Desde enero de 2024, después de 5 años de vivir entre juzgados, puntos de encuentro familiar, evaluaciones y oficinas de servicios sociales, sus hijos le fueron arrancados por orden de la justicia y ejecución de la administración; y tiene prohibida las visitas y el contacto con ellos.

«Llevo 20 años siendo víctima del mismo hombre, pero ahora cuenta con la ayuda de las instituciones para seguir haciéndome daño a mí y a mis hijos, él no ha parado hasta lograr que me los arrebaten y que no pueda ni verlos», dice Yolanda a teleoLeo.com. «Desde el 11 de enero de 2024 mis hijos viven lejos de su finca, de su madre, de sus abuelos, de sus caballos y de todo lo que les hacía felices. Ni siquiera pueden ver a mi madre, que tiene ahora alzhéimer y pronto los olvidará».

El maltrato que no se ve

Todo comenzó en 2006. Ella, profesora; y él, policía local; iniciaron una relación y a los pocos meses se fueron a vivir juntos. Según el informe del psicólogo que comenzó a tratar a Yolanda en 2013, su expareja minó su autoestima desde el principio. Le decía que no hacía bien su trabajo y la apartó de sus amistades y de su familia, convenciéndola de que no la valoraban. En ese momento, ella no era consciente del trabajo que él estaba haciendo para poder manejarla, cual marioneta sin voluntad.

En 2007 se casaron y la situación empeoró. Ella tuvo que dejar de trabajar por motivos de salud y pasó a depender económicamente de él. Las paredes de su casa se convirtieron en una muralla más, una personal, que la oprimía y se hacía cada vez más asfixiante, pues él aprovechaba la dependencia económica para hacerla sentir más inútil y dependiente.

«Vistes demasiado juvenil, lo haces para que te miren, córtate el cabello», son frases que ella escuchaba a menudo. «Me decía que debía aparentar mi edad y yo tenía 27 años». La violencia fue escalando, pero ella no la veía. Aunque los ataques verbales no eran sutiles, él aún no la había golpeado. Ella solo pensaba que tenía un carácter difícil y que ella lo provocaba, justamente con la inútildad que él le confería.

Del maltrato que no se ve a la agresión física

En 2011 nació su primera hija. «El postparto lo hice sola, él no ayudó en nada y encima se quejaba porque decía que solo me dedicaba a la niña y no a él. Me decía: 'tú quédate con tu hija, la vas a criar mal, es tan insoportable como tú'». Él insistía en tener otro hijo para que la niña se despegara de ella. Cuando la niña tenía 16 meses, Yolanda volvió a quedar embarazada, pero fue un embarazo fuera del útero. Él la humilló: «No sirves ni para tener hijos, me dijo».

Según Yolanda, él se volvió más violento, también con la niña, a quien un día llamó «puta miseria». Cuando ella lo enfrentó, llegó el primer golpe delante de su hija. Yolanda se refugió en casa de sus padres y mintió por vergüenza, por la misma vergüenza que sienten miles de mujeres cuando fingen haberse golpeado contra una pared ellas solas, para justificar el ojo morado que no pueden ocultar. Él logró que ella volviera a casa, pero la calma duró poco, porque ya vivía presa del ciclo de violencia en el que viven las víctimas de violencia de género hasta que logran romperlo.

Ciclo de violencia de la violencia de género:

  • Acumulación de tensión: El agresor se vuelve irritable y agresivo verbalmente. La mujer intenta calmarlo para evitar el conflicto.
  • Explosión, agresión: La tensión se desborda y el agresor ejerce violencia, que puede ser física, psicológica o sexual. Es en este momento cuando la mujer suele denunciar.
  • Arrepentimiento, luna de miel: El agresor se arrepiente, pide perdón, promete cambiar y se muestra cariñoso. La mujer minimiza lo ocurrido y retira la denuncia.

Este ciclo se repetirá hasta que la fase de la "luna de miel" desaparezca y solo quede la de la agresión.

Ciclo de violencia de género
Ciclo de violencia de género
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La ruptura y la violencia que no cesa

En 2015 nació su segundo hijo, según ella, él insistió en tener otro hijo para lograr que su hija se despegará de ella, pero como era de esperarse, Yolanda se dedicó al nuevo bebé, él volvió a reclamarle por ello y la amenazó con buscarse otra. El padre de él murió, estaba a punto de heredar y le pidió a Yolanda hacer separación de bienes. Ella, por consejo de su abogada, se negó. «Me va a salir más barato matarte», fue la respuesta de él. Como en otras ocasiones, dejó de hablarle para castigarla. Esta es otra manifestación de maltrato psicológico: ignorar para castigar.

En 2019, él presentó una demanda de divorcio, de la cual ella se enteró por la abogada. Como él se resistía a irse del domicilio, ella narchó con sus hijos a casa de sus padres. Él intentó repetir el ciclo y llegar a un acuerdo: «Quería que yo firmara el divorcio, pero que sigamos viviendo juntos. Lo único que le interesaba era no compartir la herencia y yo en lo único que pensaba era en la seguridad económica de mis hijos». Ante la falta de acuerdo, el divorcio se volvió contencioso.

A pesar de la distancia física, la violencia no cesó. «Me llamaba diciéndome que yo iba a enterrar a mis hijos. Me rajaba las ruedas de los coches, un día me encontré el maletero lleno de agua, entró a la finca de mis padres a la fuerza para llevarse cosas». Aunque Yolanda lo denunció por la violencia sufrida la justicia no la protegió. La denuncia fue sobreseída y solo logró una orden de alejamiento y que le quitaran el arma reglamentaria que tenía como policía. Él la había apuntado a la cara delante de su hijo pequeño.

«Ellos veían como me trataba. Mi hija mayor era la que más sufría. Recuerdo un día que fue a visitar a los niños, mi hija se encerró en su cuarto y mi hijo le señaló su arma. Él la desenfundó y se la dio para que jugara. Yo se la quité y él me apuntó a la cara. Días después, viendo una escena similar en una película, mi hijo dijo: 'Igual que te hizo papá'. Mi hija se desesperó, comenzó a autolesionarse y me pidió que lo denunciara», explica Yolanda.

El sistema: cómplice del agresor

Lo narrado por esta madre son actitudes que muchas mujeres tardan en reconocer como violencia. El problema radica, muchas veces, en el posible maltrato sufrido durante la infancia que nos enseña que el amor viene con descalificación y hasta con golpes. Los medios de comunicación tampoco han hecho su trabajo de divulgación, ya que solo hablan de violencia de género cuando se mata a una mujer, sin tomar en cuenta que el golpe y el feminicidio son los últimos estadios del maltrato. Antes ya hemos sido vejadas, humilladas e insultadas.

Un sistema educativo y social sostenido por el patriarcado no permite la prevención de la violencia, pues valida hombres faltos de empatía, incapaces de reconocer ni de dar importancia a los sentimientos de sus parejas. Hombres narcisistas, centrados en sus propias demandas y en satisfacerlas, incluso, a través de la manipulación y de la violencia. Sin un cambio en el sistema, estos malos hombres seguirán proliferando .

Banderas rojas para reconocer a un narciso maltratador: por sus actos lo conoceréis

  • Chantaje emocional y el gaslighting: hacen dudar a la pareja de su realidad y de sus actos para controlarla a ella y tener el mando en la relación.
  • Admiración constante: el narcisita debe ser el centro emocional de la relación, demanda halagos y reconocimiento, y si no lo es recibe se siente menospreciado y transforma su malestar en ira.
  • Control: el maltratador busca tener dominio total sobre la pareja y la relación, a través de exigencias y demandas.
  • Idealización: al principio de la relación el narcisista pone en un pedestal a la pareja y cuando la tiene atrapada comienza la etapa de menosprecio, de crítica y de culpabilización para alimentar su sentimiento de superioridad.
  • Sentido de superioridad: los maltratadores se consideran únicos y especiales, lo que les lleva a ningunear a su pareja si no cumplen con sus expectativas de "estar a su altura".
  • Culpabilización: atribuyen todo los errores y el mal estado de la relación a la pareja y a otros para proteger su frágil autoestima.
  • Celos y posesividad: a pesar de mostrar seguridad, el narcisista muere de miedo de perder a la pareja que asume como un objeto sobre el cual tiene poder y es por ello que intenta ejercer control sobre ella.

La violencia vicaria es sostenida por la violencia institucional

«Desde que me fui de casa con mis hijos, los niños no querían verlo. Habían sido testigos de toda su violencia, de sus gritos, de sus insultos, de sus humillaciones, y se negaban incluso a hablar con él». Él comenzó a acosarla por teléfono, amenazando incluso con matarla: «También me decía que los niños no querían verle porque yo los manipulaba, y eso no es cierto, son ellos los que no quieren saber de él por su comportamiento violento». Con el confinamiento por la pandemia, él dejó de intentar ver a sus hijos.

La firma del divorcio llegó en 2021 y con otra etapa comenzó oficialmente, la de la violencia vicaria, aquella que se ejerce contra la madre a través de sus hijos. A partir de la separación, el maltratador, que ya no tiene a mano a la mujer para golpearla o insultarla cuando desee, la lastima a través de sus hijos, amenazándola con quitárselos: «Te voy a quitar lo que más quieres o no vas a volver a ver a tus hijos», son las frases más recurrentes de los narcisistas maltratadores para intentar retomar el control sobre la mujer.

En la sentencia se le otorgó la guarda y custodia a Yolanda sin visitas al padre. Como los niños se resistían a verlo el juez ordenó a servicios sociales un plan de intervención familiar para "reparar" la relación paterno-filial e impuso tratamiento psicológico para la hija mayor, porque el padre no quería que su hija viese a un o una terapéuta, pero dijo que debía ser elegido por ambos padres, así se hizo, sin embargo, el padre cortó el tratamiento cuando el informe de la profesional arrojó que la niña tenía estrés postraumático por la violencia que él ejercía en casa.

«Sólo les interesaba que los niños quisieran ver al padre, pero mi hija se autolesionaba. Con 13 años se quiso suicidar, y todo porque me los arrancaron para llevarlos a un centro». Después de un tiempo, se retomaron las visitas en un Punto de Encuentro Familiar (PEF), sin embargo, en diciembre de 2023, como estas no eran satisfactorias para el padre, la justicia mediante sentencia dictaminó el desamparo de los niños. «Según ellos, yo no colaboraba porque no obligaba a mis hijos a entrar a ver a su padre en el PEF, así que se los llevaron del colegio. Mi hija, estuvo detenida en la comisaría sin que nos diesen una razón para eso, estuvo allí horas, como si fuese una delincuente, ya he denunciado a los responsables de haberla tenido allí».

En la sentencia el juez también dice: «Un menor de edad puede mostrar rechazo espontáneo y disgusto ante determinadas actividades [...] y son los padres quienes pacientemente soportan el berrinche del menor, para luego decirles e imponerles lo que hay que hacer, quieran o no"». Con ello, se reafirma la crítica a Yolanda por no obligar a sus hijos a ver a su padre.

El padre apeló pidiendo que sus hijos fueran entregados a servicios sociales para su cuidado. Después de una batalla judicial, en diciembre de 2023 la justicia entregó la tutela a la Administración de la Junta de Castilla y León, y sin haber leído el informe de la psicóloga que recomendaba no separar a la hija mayor de su madre, debido al estrés postraumático que sufría y que corría riesgo real de suicidio permitió que fuese ingresada en un centro residencial.

«La madres es el único soporte emocional y personas de la menor que ha visto malos tratos de su padres a su madre y su separación supone un grave riesgo de suicidio», dice exactamente el informe de la psicóloga privada aprobada por ambos progenitores para que dé tratamiento a la hija mayor de ambos.

El paso por el centro fue temporal. Ahora los hijos de Yolanda están bajo la guarda de su hermana, en Madrid, pero las visitas con los progenitores han sido suspendidas: «No escucharon a mi hija y lo hizo, intentó suicidarse, no entiendo qué quieren de nosotros». En las resoluciones judiciales se critica el apego de Yolanda con sus hijos, sin tomar en cuenta que, por el maltrato y las amenazas del padre, es natural que vean en ella su figura de protección y que, a su vez, hayan desarrollado un sentimiento de protección hacia su madre.

También se critica a Yolanda por haber mantenido informada a su hija sobre la situación judicial, pero no estamos hablando de una niña muy pequeña a la que se le puedan ocultar las cosas y que si hace preguntas, como madres podemos dulcificar las respuestas, pero es muy complicado ocultar una realidad tan compleja y revictimizante cada día y a cada hora.

«El presente Juzgador ha expresado la dificultad de acertar en cuestiones de índole familiar [...] Sin embargo, de lo que no albergo ninguna duda, es del inequívoco perjuicio que la conducta de la madre está ocasionando a la menor, trasladándole sus preocupaciones por el devenir de los procesos judiciales».

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Las caras de la violencia vicaria

Todo esto es constitutivo de violencia vicaria y de violencia institucional, aliadas para la tortura de madres e infancias. Lamentablemente, solo hablamos de violencia vicaria cuando un niño es asesinado, aunque la supresión de su vida es el escalón más alto. Antes, el maltratador ejerce microviolencias, como: incumplir las visitas, no aprobar ni seguir tratamientos médicos necesarios para las criaturar, no alimentar ni vestir bien a los hijos cuando los tienen en cumplimiento del régimen de custodia o de visitas, incluso, no comprarles compresas a las niñas en edad de menstruar, o no pagar la pensión de alimentos.

Según cifras del Ministerio de Igualdad, entre enero y mayo de este año llevamos 2 criaturas asesinadas en contexto de violencia de género. Desde 2013, cuando la psicóloga Sonia Vaccaro acuñó el término violencia vicaria, 64 niños y niñas han sido asesinados por sus progenitores, pues los desumanizan convirtiéndolos en objetos para castigar a sus exparejas.

Otra forma de violencia vicaria que es posible gracias a la complicidad de la violencia institucional, es arrancar criaturas con la colaboración de las administraciones y de la judicatura. El agresor, para vengarse porque la mujer ya no se somete a su mandato, la despoja de sus hijos. Para ello, cuenta con "colaboración" de las instituciones y de un sistema de justicia conservador y patriarcal. Aunque la ley lo manda, no se escucha a las criaturas y si los hijos no quieren ver al padre se culpa a las madres de manipularlos y de obstruir el vínculo.

Artículo 9. Derecho a ser oído y escuchado.

1. El menor tiene derecho a ser oído y escuchado sin discriminación alguna por edad, discapacidad o cualquier otra circunstancia, tanto en el ámbito familiar como en cualquier procedimiento administrativo, judicial o de mediación en que esté afectado y que conduzca a una decisión que incida en su esfera personal, familiar o social, teniéndose debidamente en cuenta sus opiniones, en función de su edad y madurez.

Ley Orgánica 8/2015, de 22 de julio, de modificación del sistema de protección a la infancia y a la adolescencia.

Jueces y juezas no consideran que si un niño no quiere relacionarse con su padre es porque ha sido testigo de la violencia ejercida contra su madre. Es en ese momento que, en un ejercicio de violencia institucional, la justicia decide tomar medidas para "reparar" el vínculo paterno-filial. Para ello, hace intervenir a servicios sociales, sin importar que la ley también diga que los menores no deben ser expuestos a ningún tipo de violencia y el problema aquí es la discrecionalidad que la ley permite a la judicatura, que en la mayoría de los casos se decanta a favor de los padres.

El sistema judicial respalda su proceder en leyes como la Ley Orgánica de protección integral a la infancia y la adolescencia que está en proceso de ser modificada, sobre todo, cuando visto lo visto la salud mental de las infancias no se ve beneficiada con que las visitas con el maltratrador sean a criterio del juzgador y este criterio es más perjudicial cuando la denuncia por maltrato es archivada. Para establecer el régimen de visitas tampoco se pondera que en los exámenes psicológicos de las criaturas salen a relucir la violencia vivida y el miedo al progenitor ni que a la madre se le hayan concedido medidas de alejamiento o que la administración le haya otorgado el título habilitante de violencia de género:

Artículo 449 ter

7) Cuando se dicte una orden de protección con medidas de contenido penal y existieran indicios fundados de que los hijos e hijas menores de edad hubieran presenciado, sufrido o convivido con la violencia a la que se refiere el apartado 1 de este artículo, la autoridad judicial, de oficio o a instancia de parte, suspenderá el régimen de visitas, estancia, relación o comunicación del inculpado respecto de los menores que dependan de él. No obstante, a instancia de parte, la autoridad judicial podrá no acordar la suspensión mediante resolución motivada en el interés superior del menor y previa evaluación de la situación de la relación paternofilial.

Ley Orgánica 8/2021, de 4 de junio, de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia

Yolanda lleva meses sin ver a sus hijos. Recientemente, desde la Consejería de Infancia de Madrid la han llamado para trabajar con ella, para hacer el plan de intervención que hace meses reclama para recuperarlos. Mientras espera que todo se resuelva, sale a las calles y protesta en redes, porque tanto la administración como la justicia están generando cada día más madres inconformes que ya no callan, ellas han aprendido, se organizan y levantan la voz contra el patriarcado y el conservadurismo del sistema que cree más en mantener la relación de hijas e hijos con un maltratador, que en la protección que les proporcionan sus madres. Ellas ya han aprendido que sumisas, calladitas y quitecitas no han logrado nada.

Entrevista a Yolanda
Entrevista a Yolanda
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Violencia Vicaria

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