Carmen, raptada al año de edad, violada a los 7, lisiada a los 13, abusada por su pareja desde los 31; a pesar de todo, aún ve la vida con esperanza

Según esta gran mujer todos tenemos un propósito en la vida y eso la ayuda a seguir adelante, a pesar de los delitos que contra ella se cometieron: pederastia, secuestro y maltrato; entre otros

Esta es la historia de una mujer separada de su madre al año de edad, violada a los 7 por su tío y maltratada hasta los 21. Ella es Carmen, es mexicana, y producto de una gran golpiza dice que murió una vez. A los 13 años sus hermanastros le jugaron una “broma”, cayó y se fracturó el fémur, pasaron casi 15 días antes de que recibiera atención médica, llegó al hospital con la pierna hinchada y morada, por eso ahora no camina bien y tiene una prótesis en la cadera.

A Carmen le encargaron las labores de la casa desde los 6 años de edad, le daban de comer poco y mal, por eso siempre estuvo anémica y se desmayaba todo el tiempo. Vestía harapos. Nunca le compraron un cepillo de dientes así que ha perdido varias piezas. Cuando tenía la regla le daban trapos y, a pesar de todo, o posiblemente porque el dolor no logró deshumanizarla, ella perdonó a una de las personas que más daño le hizo. Hoy educa a sus dos hijos rompiendo el círculo del dolor.

La historia de Carmen es terrible, no tuvo infancia, ni amor, ni protección a la edad que más lo necesitaba, y está tan cargada de tragedia que su vida parece casi un guión de telenovela.

Érase una vez una niña….

“Un día ese hombre me quitó la ropa interior y me violó, mientras lo hacía yo lloraba y le decía que no. Él me cubrió la boca y siguió haciéndolo”.

Carmen sólo tenía 7 años cuando fue abusada y el hombre que la ultrajó fue su tío. Carmen ahora tiene 52 años y contó su historia a teleoLeo.com porque quería exorcisar el pasado para poder seguir adelante.

“Mis padres se divorciaron cuando yo tenía un año. Mi papá se peleo con mi mamá y un día que ella no estaba en casa  me raptó. Me llevó a casa de mi abuela, su madre, que vivía en la ciudad de Puebla, nosotros vivíamos en México capital. Mi madre fue a buscarme, entró a casa de mi abuela para sacarme de allí, pero la denunciaron por allanamiento de morada, estuvo detenida 3 días; eso me explicó fue lo que me explicó mi madre años más tarde”. Así comienza la historia de Carmen.

Al salir de la cárcel, la madre de Carmen desistió de recuperarla, en la capital la esperaban 5 niños más. “Mi mamá jamás volvió a buscarme y me dejó en el peor lugar que me podía dejar, donde, desde que tengo uso de razón, sólo fui la sirvienta”. (Carmen)

La tía Ester= El amor

En sus primeros años de vida Carmen fue criada por una de las hijas de su abuela, de ella recibió cuidados y amor; luego todo cambió.

Hasta los 6 años Carmen fue criada por su tía Ester, una de los 7 hijos de su abuela, ella fue la única que le dio cariño, pero un día se casó y en casa sólo quedaron su abuela y 5 tíos de sus tíos; en ese momento las cosas comenzaron a ir mal. “En cuanto mi tía se fue de casa mi abuela me llevó a cortar el cabello como a un niño, me dejo ‘pelona’; los niños se burlaban de mí, me decían que parecía hombre” —dice Carmen.

Pero las cosas podían empeorar y empeoraron. “Mi abuela me puso a hacer los quehaceres y cuando los hacía mal me pegaba con la escoba. Una vez me pegó con una olla por no lavarla bien; otro día se me cayeron unos platos, mi abuela se enfadó y le dijo a uno de sus hijos que me pegara, él se sacó el cinturón y me azotó muchas veces; yo gritaba, pero nadie me ayudó”.  Cuando el tío terminó de pegarle, la abuela también le pegó: “Para que aprendas” —le dijo.

“Cuando me pegaban, que era casi siempre, yo los veía como gigantes. La última vez que los vi se me hicieron pequeños, viejos, débiles”. (Carmen)

Violación

Cuando Carmen tenía sólo 7 años el tío que la golpeaba también la violó

“Un día de buenas a primeras ese hombre me encerró en su cuarto y me pego con el cinturón, me quitó la ropa interior y me violó, mientras lo hacía yo lloraba, le decía que no, pero él no paró. Era chiquita y sentía como un gigante me golpeaba y me hacía algo que yo no quería, me hacía sentir sucia, avergonzada, culpable. Cuando acabó me dijo que si decía algo me golpearía más fuerte. Yo vivía todo el tiempo con miedo” —explica Carmen.

Palizas

Cualquier pretexto era bueno para golpear a Carmen hasta la extenuación. Ella cree que murió unos minutos para renacer luego en el mismo infierno

La abuela de Carmen heredó una casa y se mudaron, y allí fue aún más infeliz. “Cuando nos mudamos el hijo de mi abuela comenzó a pegarme a diario, él se iba a trabajar y cuando volvía mi abuela le decía lo que yo no había hecho bien, él se sacaba el cinturón y me pegaba, yo gritaba mucho y aunque mis otros tíos estaban presentes, nunca nadie me ayudó” —explica Carmen.

Carmen dice que iba mal calzada con zapatos de plástico y con las medias llenas de huecos, eso fue motivo de otra golpiza. “Un día, yo ya tenía 10 años, estaba en la puerta de casa y pasó un señor que vendía medias, al ver las mías me regaló un par; en eso llegó mi tío y botó al hombre, me agarró del cabello me arrastró y me pateó mucho. Yo rodaba con  cada patada hasta que caí en un hueco del patio y perdí el conocimiento”. 

La niña perdió unos minutos de su vida, no sentía, no sufría. “Sólo recuerdo que caí en un agujero y tuve un sueño, iba por camino como de arena y una mano bajaba de lo alto y me empujaba. Desperté al tercer empujón, en ese momento sentí como si volviese a respirar, estaba en la cama, me senté y vomité sangre; y escuché que alguien hablaba con mi abuela por la ventana”.

Dos vecinas le preguntaban a la abuela de Carmen qué había pasado, le decían que habían escuchado los gritos de una niña. “Ella contestó que era yo, que me había portado muy mal y me habían pegado porque me lo merecía”. Las mujeres le dijeron que llamarían a la policía, la abuela les pidió que no lo hicieran: “Hablaré con mi hijo para que no le vuelva a pegar —dijo mi abuela”.

La brutal paliza le dejó a la niña moretones en todo el cuerpo, dolor de mandíbula y costillas, además mucha dificultad para caminar. “No me llevaron al doctor, ni siquiera mi abuela me curó, era una piedra, no sentía nada por mi, me miraba con odio y siempre me decía que merecía todo lo que me pasaba”. Sin embargo, el ‘aviso’ de las vecinas sirvió, el tío de Carmen no volvió a golpearla, por lo menos por un tiempo.

¿Por qué tanto odio?

Los maltratos de los que Carmen fue víctima podrían deberse a una mentira dicha por su madre

Carmen cree que su abuela la maltrataba porque cuando sus padres se separaron su madre le dijo que ella no era su hija. “Mi abuela siempre me decía “inútil, no sirves para nada” y me repetía constantemente que mi madre me había abandonado porque no me quería. Crecer así, sabiendo que no le importas a nadie, pero sobre todo, escuchando cada día que tu madre no te quiere es muy duro”. 

Años más tarde su madre le confesó que había mentido para evitar que él se la llevará, sin embargo, cuando eso ocurrió y él se la llevó, no dijo la verdad.

Abandono

La niña creció como una animal. A parte de maltratarla no la alimentaban bien, ni la vestían, incluso descuidaron los aspectos más básicos de su higiene

“Mi tío dejó de pegarme porque se casó con una buena mujer, entonces volvió a hacerlo mi abuela y aunque mi padre le daba dinero para mi, me vestía con harapos, me compraba zapatos plásticos y cuando me crecía el pie les tenía que cortar la punta y les ponía lazos para que se vieran bonitos” —dice Carmen.

Una anemia perniciosa hacía que se desmayara continuamente. “Mi abuela no me alimentaba, me daba a comer huesos con una pizca de carne y a sus hijos un buen trozo; yo tomaba café y sus hijos leche. Por las noches me levantaba a robar comida de la nevera. Era tan flaca que una de mis tías le decía a mi abuela que me diera de comer más”.

Carmen también recuerda que nunca le compraron un cepillo de dientes, pero eso la hizo conocer a la única persona que la ayudó cuando vivía con su abuela. “Yo ya tenía 17 años y un dolor insoportable en una muela, tenía que ir al dentista, pero no tenía para pagar así que todas las mañanas salía a buscar cascarones de huevos y con ellos hacía manualidades que luego vendía en las calles del centro”.

La chica junto algo de dinero y se fue en busca de un dentista, todos lo que encontraba eran hombres y eso le daba miedo, así que entró a la consulta de la primera dentista mujer que encontró. “Le dije que tenía dolor de muela pero que no podía pagarle mucho, ella me dijo que no me preocupe, me sacó la muela y al acabar me preguntó que tenía en la cajita que llevaba en las manos”. 

Carmen abrió la cajita y le enseñó las figuras que hacía para vender y tener algo de dinero. “La doctora me dijo que estaban bonitas y me recomendó con su vecino que tenía una tienda de regalos, luego me recomendó para trabajar en una fábrica. En ese tiempo ya no hablaba con mi abuela ni con nadie de la casa, sólo llegaba a dormir”. 

Carmen explica que a causa de la mala higiene dental perdió muchas piezas que sólo pudo reponer cuando fue adulta y las pudo pagar. “Estaba llena de caries, mi boca daba pena, no podía ni sonreír”. La menstruación fue otro tema. “Cuando tuve mi primera regla me pegaron, mi abuela me dijo “qué has hecho”. No me compraba toallas higiénicas, sólo me daba trapos”.

A la niña le desarrollo el busto y ese fue otro problema. “Mi abuela nunca me compró un sostén; un dia, una de mis tías vino a quedarse con sus hijas, todas usaban sostén, por la noche cuando dormían les cogí uno y me lo puse para saber qué se sentía y me dormí con el. A la mañana siguiente mi tía me lo quitó muy groseramente, me dijo que no cogiera las cosas de sus hijas” —explica Carmen.

El Señor Diputado

El padre de Carmen fue diputado del PRI de México, Arturo Ávila Marín se llamaba y nunca cuido de ella, sólo enviaba dinero. Para él su carrera política y la familia que estableció eran más importante

Carmen dice que cuando era pequeña su padre iba a visitarla, “pero cuando iba mi abuela y mi tío se cuidaban de que no hablase con él, además yo era muy tímida, miedosa y en las pocas oportunidades que pude, nunca me atreví a decirle todo lo que me hacían, nunca le conté como me pegaban, ni que mi tío me había violado”.

Cuando Carmen tuvo 13 años, su padre la llevó a vivir con él. “Él ya era todo un diputado, llegó un domingo a casa de mi abuela con su esposa, estaba casado hacía algunos años y tenía 3 hijos; me dijo que viviría con él, que me compraría una bicicleta y que iría a una escuela bonita. Se acabó mi martirio, fue lo primero que pensé; pero no”.

Las esperanzas de Carmen se disiparon en 24 horas. Cuando el lunes despertó en casa de su padre, su madrastra le dijo que se iban a trabajar y que ella se ocuparía de la casa: limpiar, poner la ropa a lavar y cuidar a sus hijos, todos entre 5 y 7 años. Carmen acostumbrada a los quehaceres no vio nada raro en el pedido, sin embargo, la cosa no fue bien.

“Mis hermanastros tiraron agua con detergente de la manguera de la lavadora en el piso de la cocina, cuando entré me caí, sentí un dolor indescriptible y no pude ponerme en pie”. Los niños, al ver la gravedad del asunto, llamaron a un vecino para que pedir ayuda y luego le avisaron a su madre.

“Ella y mi padre volvieron a casa, él quería llamar una ambulancia, pero su mujer le dijo que no, que por su cargo eso sería un escándalo porque vendría la prensa.  Así que trajeron a una curandera que me agarraba la pierna la subía y la bajaba, me puso cebollas calientes; yo gritaba de dolor y ella decía que era por el golpe, que no tenía nada roto” —explica Carmen.

La niña lloró de dolor toda la noche, al día siguiente su padre la devolvió a casa de su abuela. “Yo ya no sabía donde estaría peor. A mi abuela le dijeron que me había caído, que solo tenía un golpe y que yo quería regresar con ella”. Allí tampoco la llevaron a el doctor. “Pasaron los días y mi pierna estaba hinchada y morada así que me llevaron a otro curandero, él dijo que tenía una fractura”. 

Carmen tenía el fémur fracturado, 15 días después la operaron, le pusieron pesas porque se le había encogido el tendón, también le pusieron clavos. “Mi fémur y cadera se juntaron por estar fuera de lugar mucho tiempo, no podía ni doblar la pierna, caminaba como un robot. Ya no podía volver a correr. Alguna vez había soñado con ser deportista o bailarina, pero ahora ya no podría”.

“En una oportunidad” —dice Carmen, “mi padre le dio a mi abuela 30.000 pesos, mucho dinero para la época, yo pensé que me compraría zapatos y ropa, pero no fue así, uno de sus hijos iba a construirse su casa y ella le dio ese dinero para los cimientos; mientras, yo seguía igual: con anemia, con la boca llena de caries, mal vestida y mal calzada”.

Carmen también dice que su padre era “hostil” con ella, que nunca se preocupó por cómo estaba e incluso le molestaba que lo llamase. “Mi padre nunca más intentó llevarme con él. Cuando cumplí 15 años le pedí que fuera a verme, fue con su esposa y me llevaron a comprarme un par de vestidos, luego de regreso a casa de mi abuela me dijo que no le estuviera llamando para celebrar cumpleaños”.

Rebelión

La violencia de la que fue víctima Carmen engendró violencia y estuvo a punto de acuchillar a su tío. 

Según dice Carmen, luego del problema con su pierna los maltratos por parte de su abuela cesaron, sin embargo, dos años después, cuando la mujer de su tío lo dejó, los golpes y regaños -por parte del tío- volvieron. “Él se quedó con sus dos hijos pequeños y me dijo que yo tenía que cocinarles y lavar su ropa y la de él; mi abuela estuvo de acuerdo”.

Un día el tío de Carmen la mandó a bañar a sus hijos, ella fue al pozo a buscar agua y al intentar sacar la cubeta quedó colgando de la cuerda. “Grité, pedí ayuda, el pozo tenía 22 metros de profundidad y si no pedía auxilio hubiese podido morir. Cuando me sacaron mi tío me volvió a dar una paliza con su cinturón”.

Cansada de tanto maltrato Carmen se rebeló. “Un día, yo tenía 17 años, hablaba con una amiga y le dije: —Voy a hacer la comida a los chamacos, mi tío escuchó, me cogió del cabello y me gritó que a sus hijos no los llame así. Sentí un calor que me recorría todo el cuerpo, cogí un cuchillo que tenía a mano, me sentí poderosa, se lo iba a clavar, pero me detuvieron mis tías y sus hermanos”. 

Carmen se fue a llorar a su habitación, una tía la siguió y le preguntó qué había pasado. “No pude más y le dije todo, le dije que ese desgraciado me había violado y mi tía, que estaba harta de que me golpeara lloró conmigo. Luego hicieron una reunión para que dijera lo que me había hecho, pero mi abuela lo defendió, dijo que yo mentía”. Mi padre no estuvo presente, tampoco la tía que me cuidó de pequeña. 

La reunión tenía como fin desenmascarar al abusador y maltratador, sin embargo, eso no era necesario, todos en casa de la abuela sabían lo que pasaba. “Mis otros tíos hombres sabían todo y nunca hicieron nada. Es más cuando tenía entre 18 y 20 años me espiaban mientras me duchaba; era espantoso pensaba que un día también me violarían, menos mal que nunca lo hicieron”.

Según Carmen, de niña, en el único lugar en el que era feliz era la escuela, pero sólo estudió primaria, según su padre: siendo mujer no era necesario más. “Cuando iba al colegio era libre por eso nunca le dije a nadie lo que sufría. Era tan feliz saliendo de esa casa que no quería hablar del tormento que vivía para no manchar el momento ni el lugar”. 

La madre que no supo serlo

Con 20 años cumplidos Carmen le exigió a su padre que le dijera dónde estaba su madre, él lo hizo y ella fue feliz, recuperó la ilusión, iba a conocer al ser que más amor había de darle, pero el encuentro no fue grato

Cuando cumplió 20 años Carmen volvió a ver a su padre y le pidió que le dijera dónde estaban su madre y sus hermanos. “En ese momento mi abuela le dijo que me dijera que no era su hija, mi padre le pidió que callara. También me enteré que mi abuela había sabido todo el tiempo el paradero de mi madre y nunca me lo dijo, cuando le preguntaba sólo decía que ella no me quería, que por eso me había abandonado”. 

El padre de Carmen le dijo donde encontrar a su madre y a sus hermanos. “Cuando conocí a mis hermanos, me abrazaron, yo era la más pequeña de los 6 hijos que tuvieron mis padres (4 mujeres y 2 hombres). Mis hermanos me contaron que siempre preguntaban por mí y que mi padre les decía que estaba bien. Mis hermanos me pidieron irme a vivir con ellos, sin pensarlo fui a por mis cosas”. 

La madre de Carmen vivía en Estados Unidos desde hacía varios años así que su hermano mayor le arregló sus papeles para que fuese a su encuentro. “Fui muy ilusionada a conocer a mi mamá, pero no fue lo que esperaba, ella ya no sabía quererme, fue fría. Yo deseaba un abrazo que me hiciera sentir que a su lado todo iba a estar bien, que no sufriría nunca más; pero no fue así”. 

Carmen dice que su madre no la apoyó y que aunque la vio enferma le dijo que se buscase un trabajo. “Yo quería estudiar pero, sobre todo, necesitaba operarme. Nunca quedé bien de la rotura de fémur, sufría mucho dolor y tenía una pierna más corta, pero a ella no le importó. Así que busqué y encontré trabajo como servicio doméstico, después trabajé como dependienta en algunas tiendas”.

“En 1998 me operaron y me pusieron una prótesis en la cadera para poder caminar mejor y sin dolor y todo fue posible gracias a unas personas que conocí. Ellos, a diferencia de mi madre, me ayudaron mucho” —señala Carmen

Carmen le preguntó a su madre si alguna vez la buscó, ella le explicó la denuncia, los 3 días en la cárcel y le dijo que no volvió porque tenía 5 bocas más que alimentar y pensó que estaría bien. “Pero no, le dije que no estuve bien, le conté todo lo que me habían hecho y me dijo que quizás me gustaba vivir así porque nunca me escapé; le dije que yo era una niña, que tenía mucho miedo; qué quería que hiciera, no entiendo”.

Relación tóxica

La falta de cariño de su madre y todos los maltratos recibidos durante la infancia hicieron que Carmen buscase cariño en la persona equivocada y volviera a ser víctima de maltrato y de abuso sexual.

“En 1999, con 31 años, conocí al padre de mis hijos (una niña y un niño). Él era muy vivido, yo muy tímida y tonta, se aprovechaba de mi, me quitaba el dinero y también era un abusador. Me pegaba, yo le tenía miedo no sabía defenderme y además estaba acomplejada por mi pierna; creía que nadie más se fijaría en mí” —dice Carmen.

La pareja de Carmen era un hombre dominante.“Cuando llegaba borracho abusaba sexualmente de mí; lo denuncié varias veces, pero retiraba la denuncia porque él amenazaba con golpearme y llevarse a mis hijos. Aguante hasta que me deportaron: No pude ir a la cita en migraciones, él se llevó el auto, yo no tenía ni para un taxi; un día me detuvieron y me enviaron a México con mis hijos”.

“Cuando me deportaron me quería suicidar” —dice Carmen. Ella lo había perdido todo: su trabajo, su fuente de manutención, sus cosas; pero volver a su país le permitió cerrar heridas. “Fui a ver a mi abuela, le reclamé el daño que me había hecho, me dijo que me quería como a una hija; pero no ella siempre me trató como un animal y permitió que su hijo me dañara”.

A pesar de todo el daño que sufrió Carmen perdonó a su abuela. ” A los 8 días de verla, murió, pero yo ya la había perdonando. Mi padre había muerto mientras yo vivía fuera, lloré su muerte de rabia, pero no de dolor. Lloré porque ya nunca me diría por qué se vengó de mi madre jodiéndome la vida”. 

Presente

Carmen se encuentra postrada pero con ánimos, está a la espera de una operación por la lesión que sufrió en el fémur, ahora sólo quiere recuperarse física y emocionalmente para poder seguir adelante por sus hijos

“Ahora estoy en cama, mi prótesis se movió y me la tienen que cambiar, espero que me operen pronto, tengo que mantener a mis hijos”. Desde que volvió a México ella se dedicó a hacer joyería y a pintar cerámica. “Puse un bazar donde vendo lo que hago, pero lo he cerrado hasta estar bien; por ahora mi hermano mayor me ayuda con los gastos”.

El problema es que, a pesar de la ayuda de su hermano, Carmen no tiene todo el dinero para pagar la prótesis y sus hermanastros, los responsables de su estado, ya son adultos pero no tiene buena relación con ellos y ni piensan en ayudarla. “Ellos están enfadados conmigo porque dicen que mi padre era bueno, que los cuidó, les dio amor, educación y todo lo que necesitaban; y yo pienso: bien por ellos, pero a mi me abandonó y me desgració la vida”.

Carmen dice que ha acudido a grupos de apoyo en busca de sanación, pero lo único que he sacado en claro es que hay un propósito para ella, “lo estoy buscando, no puedo haber sufrido tanto por nada, por eso he ayudado a niños maltratados, hablo con sus madres, los defiendo; también ayudo ‘animalitos’ abandonados, todo eso me hace sentir bien, todo eso me ha hecho ser la persona que soy ahora”.

“Recordar como fui maltratada de pequeña, como fui tratada por mis padres y por el padre de mis hijos me da mucha tristeza. Ahora estoy sola, pero me siento segura y luchó por ser una buena madre; mis hermanos me apoyan y sé que mis hijos tendrán una historia diferente, yo los abrazo y les digo cuanto los amo, no repito historia. Rompo las cadenas”.

Carmen desde el dolor

  • “Sólo las que hemos vivido tanto dolor sabemos de lo que se trata y lo duro que es abrirse a explicarlo, pero ahora que lo he hecho reconozco que es sanador, porque lo sacas de dentro y de eso se trata. Es muy difícil salir adelante con semejantes recuerdos enterrados en la memoria”.
  • “Me hubiera gustado escribir un libro, ver si explicando lo que viví podía ayudar a alguien, por eso agradezco que cuentes mi historia, la de una niña a la que su padre le cambió el destino sólo por venganza y por despecho. Es muy doloroso que los padres al separarse utilicen a sus hijos como armas, eso hizo mi padre conmigo y me destrozó la vida física y emocionalmente”. 

Fibromialgia del mal

Ahora Carmen, como muchas mujeres abusadas y violadas durante la infancia padece de fibromialgia y de hipertensión. Según varios estudios, entre ellos un trabajo monográfico llamado: Fibromialgia e Histeria, un camino de incertidumbre : “Las mujeres que padecen fibromialgia han sufrido durante la infancia hechos de violencia tanto física, como sexual y-o psíquica”.

En el 99.9% de mujeres abusadas, violadas y maltratadas que he entrevistado para teleoLeo.com padecen de fibromialgia, fatiga crónica o hipertensión. Algunas como Carmen sufren más de una dolencia.

En otros estudios, los investigadores han encontrado que: “[…] las mujeres (y algunos hombres) que han denunciado el abuso infantil (sexual o físico ) tienen el 65 por ciento de probabilidades de tener fibromialgia y el doble de probabilidades de tener síndrome de fatiga crónica”.

Así que sí, la violencia física y psicológica dejan marca imborrable en la esencia de las víctimas, las modifica y las convierte —en la mayoría de los casos— en sus propios verdugos pues sus cuerpos somatizan el dolor hasta convertirlo en enfermedad, en autocastigo por no haber podido evitar la agresión.

La satisfacción del agresor es inmediata y pasajera. El agresor disfruta cuando castiga, cuando viola, cuando ejerce su poder sobre la víctima, y lo hace con alevosía porque la sabe débil. El sufrimiento de la víctima, en cambio, es permanente al punto que como ya he comprobado, en varios testimonios, puede transformarse en enfermedad.

Gracias por tu generosidad Carmen

Cifras escalofriantes

Según un informe de la OCDE (Organización para la Cooperación Económica y Desarrollo económico) de 2017, México ocupa el primer lugar en abuso sexual, violencia física y homicidio de niños que aún no han cumplido los 14 años de edad. La organización dice que 4,5 millones de menores son víctimas de actos de violencia y que sólo se denuncian un 2% de estas agresiones.

Este blog sobre pederastia, abuso, maltrato y violencia de género también ha sido publicado en teleoLeo.lamula.pe

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